viernes, 4 de enero de 2013


Con vuestro permiso, continuo con mi reflexión sobre los diferentes objetivos que nos marcamos los emprendedores a la hora de arrancar un proyecto.
En mi anterior entrada exploré una motivación clásica. La económica y una motivación loable como puede ser lo social (que como os mostré, no es incompatible). En realidad, en un principio ningún motivo o mezcla de ellos debería entrar en conflicto.
Está claro que una de las motivaciones primaria que nos viene a la mente es el panorama. Estamos en mala forma y nuestra realidad laboral no es nada halagüeña. Para una persona que es proactiva, el periodo de paro puede ser devastador a muchos niveles. Tal vez, esta es una de las motivaciones con las que más me identifico. Tras mis dos años como jefe de operaciones y con una idea en la cabeza tenía dos opciones. Quedarme de brazos cruzados (ya sea realizando cursos, búsqueda intensiva…etc.) y mirando el techo  hasta agotar mi prestación y quedarme en la cuneta (rezando para que esta crisis pase lo antes posible) y teniendo en cuenta que cada día que estoy inactivo es un día perdido que me aleja más de la posibilidad de reincorporarme al sector laboral o… ocupar mi tiempo en investigación, aprendizaje con el fin de arrancar esa idea.
Hay más motivaciones, más subjetivas si cabe, como puede ser el tener cierto renombre, encumbrar una idea a lo más alto…etc. pero no voy a enumerarlas porque al fin y al cabo todas se concentran en un FIN.  
Y esto me lleva a un pensamiento final (en este post). En los cuentos de hadas siempre hemos escuchado esa fantástica frase: “Y vivieron Felices y Comieron Perdices por siempre Jamás”…. Claro. Porque nos enseñan que los héroes después de todos los malos tragos proporcionados gratuitamente por el o la villana de turno siempre hay una recompensa, hay un tesoro que ganar, una princesa que rescatar… bien. Hay que despertar porque eso no ocurre en la vida real (o por lo menos no siempre). Nadie nos contó que seguramente La Bella Durmiente desearía volver a su estado catatónico después de ver el tedio de la vida del día a día. O que Blanca Nieves acabaría totalmente psicótica al ver las muchas responsabilidades  que se le venían encima y que no tienen nada que ver con cantar con pajaritos. .
 Así que en lugar de un hada madrina tendremos una libreta donde apuntaremos las ideas que se nos ocurran… bueno, en mi caso, soy un poco freaky y uso una aplicación en el teléfono. Mi socio usa una libreta, los clásicos nunca mueren. Sea como sea, apunta, apunta y apunta. Este consejo me lo dio él y la verdad es que es uno de los mejores que se puede dar. En lugar del polvo de hadas vamos a tener que usar aspirinas o cualquier sustancia que alivie los dolores de cabeza.
Todos recordamos esas películas clásicas de vaqueros, en las que el héroe de turno se aleja hacia el horizonte cabalgando tranquilamente, a veces solo, otras veces acompañado. Bien, supongo que nuestra curiosidad natural nos obligaba a preguntar ¿Qué ocurre después? ¿No hay un indio indignado detrás de la colina decidido a vengar la masacre realizada por el héroe en cuestión? ¿De que vivirá el vaquero mientras se aleja con paso vago en esos planos inolvidables? Tanto los personajes de cuento de hadas como el vaquero son personajes en dos dimensiones. No tienen una vida más allá o un fin diferente que el de entretener en un cuento o en una película. Y nosotros tenemos muchas más dimensiones. Necesidades, complejidades e insatisfacciones que queremos cubrir y llenar.
La única promesa que tenemos como emprendedores es que nos vamos a meter en un jaleo tremendo, con mucho trabajo que hacer, millones de cosas que aprender y coordinar… y por supuesto la promesa de que al final del camino… no hay final. Porque ganemos o no ganemos, tengamos alma de héroe o de villano siempre hay algo que aprender y algo que hacer. La excelencia es inalcanzable y solo podemos luchar para estar lo más cerca posible de esta.
Pero al final, cuando volvamos la cabeza atrás y hayamos cruzado ese horizonte, cuando estemos en el borde del mundo podremos decir  independientemente del resultado y con mucho aprendizaje en nuestras alforjas “Este vaquero ya sabe hacia dónde va”.

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